La raclette tiene su origen en el siglo XII, en las regiones alpinas de Suiza y Saboya. En sus inicios, campesinos y pastores la utilizaban como una comida sencilla y reconfortante: calentaban una rueda de queso cerca del fuego y raspaban la parte fundida sobre pan o patatas. Entonces se conocía como “fromage rôti” (queso asado).
Con el tiempo, y gracias al auge de las estaciones de esquí, este plato se popularizó y pasó a llamarse “raclette”, del verbo francés racler, que significa “raspar”. Y eso es justamente lo que se hace: raspar el queso derretido para servirlo, normalmente sobre patatas.
Hoy en día, la raclette es toda una experiencia para compartir, perfecta para disfrutar sin prisas y en buena compañía. Además, se puede versionar de mil maneras. En mi caso, siendo de León, me encanta darle el toque de la tierra con:
- cecina
- chorizo
- jamón
- lengua
- salchichón
- lomo
- … acompañados de un chorrito de aceite de oliva virgen extra.
Otro detalle que me encanta es asar las patatas después de darles una primera cocción: quedan más crujientes por fuera y suaves por dentro. Y, por supuesto, no puede faltar un kir de aperitivo y el vino que más apetezca para acompañar.
Siempre que la preparo para familiares y amigos, es un éxito asegurado.
Y tú, ¿cómo la versionas? Cuéntanoslos aquí o por redes… 🤤
